sábado, 11 de enero de 2020

Sin noticias


Mi mejor morada soy yo mismo.
Hoy de mañana me escucho,
casa en silencio pero estancias en oración.
Dos habitaciones en mi interior
y tres plegarias diferentes.

En la cama pequeña del niño
que siempre tiene miedo a ser asesinado
reza mi corazón a su geniecillo particular:
«¡Duende del pajar, ayúdame!
Si dejas que Julio se vaya sin mí
mañana quemo toda la hierba seca.
Te lo juro, arderás si no me ayudas.
No voy a morirme de aburrimiento
viviré la aventura como un adulto más.»
En la habitación contigua de mi cerebro
primero rezo como mi madre:
«San Judas, ¡qué no me vean llorar!
Dame fuerzas hasta verlos salir del pueblo
luego ya me podré bañar en llanto
comiendo el pan de la soledad.»
Luego le hablo a mi corazón aventurero:
«Vamos Julio, despierta de una vez.
Lanza por el lavabo esas pesadillas.
Coge al muchacho y juntos al camino.
Esa alma cándida será tu amuleto.
La primavera te trajo la suerte al fin.»

De nuevo cae la noche sobre mi casa en pena,
un ataúd en la habitación del de niño,
sin novedades en la otra,
el miedo venció a la audacia.

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