HACIA LA LUZ
Y la luz no es luz física, es amor que multiplica. Para llegar a su iluminación hay que atravesar terribles oscuridades que comienzan con el insospechado entierro de nuestra infancia. Obligados desde entonces a seguir el incierto camino con la menguante compañía de unos sueños, miserable imaginación de un mundo utópico en el que todos los momentos sean de un oro sin impurezas y el espacio a habitar tenga el olor de la pasión amorosa sin contaminaciones de olores fisiológicos. En ese universo imaginario el mayor bien es poseer un corazón indestructible, más que nada porque resulta impensable verlo sufrir ataques derivados del odio, la envidia o el menosprecio. Y en medio de la realista oscuridad de la habitual noche nublada y sin luna que es la juventud, una cerilla, un beso, se enciende. Dura poco pero lo suficiente para saber lo que es la esencial habitación. El conocimiento de la libertad sin culpa, la cualidad inclinada del camino ascendente hacia la luz más verdadera y la e...