Dice mi general, sin ninguna duda los artistas son unos indecentes. Asiente mi capitán gritando, los poetas mejor los eliminamos por vagos e inútiles. El ministro del gobierno, callado concede, el ministro eclesiástico, perdona y bendice. El cuerpo del poeta, trata de desaparecer. Su ángel, sin embargo, escapa a un refrescante lugar, creado por la humana capacidad simbólica, tan en desuso estos días. Mientras las partes palpables de su ser se difuminan con lentitud, su espíritu de artista pesca en el mar del símbolo y la trascendencia, ejemplo claro de lo abierto. Feliz con la pieza, incluso en este momento de dolor moral y corporal, la humilde elevación conseguida sobre el lodo cotidiano le hace sonreír. Abrazado al resultado del esfuerzo, éste ángel siente al fin, que es algo, y no solo, la potencia de ese algo. Dice como poeta que ahora su alabanza se dirige a este ámbito recién conquistado. Rompe con el engaño de las tradiciones culturales que esclavizan. Desaparecen de su me...